El Rincón de Mela ...

Cuentan que el mejor de los viajes empieza cuando naces ... y por ello este Blog lo hace con el ánimo de regalar y compartir con cuantos viajáis conmigo por esta vida ... anécdotas, fotos, risas, ideas, viajes, cariño, experiencias, ilusión, sugerencias, "alma" e inspiración ... cualquier "cosita" que os haga sentir bien y suspirar de emoción! Os quiero!

sábado, 25 de marzo de 2017

Las chicas del cable...

Conocí a Marina Orta con cuerpecito de ninfa y una sonrisa sobrecogedora que destilaba inocencia. Lo que más me cautivó fue su madurez que acompasaba con brotes de espontaneidad, ese ‘algo’ que sólo los niños defienden sin pestañear.
Cada vez que me encuentro ante una nueva sesión donde el retrato es el claro protagonista, lo primero que me nace es un sentimiento de empatía sin límites con la persona que va a regalarme su esencia al otro lado de la lente.
En este diálogo de miradas se desnudan muchas emociones, desde la timidez más profunda hasta el más absurdo de los complejos o el talento innato de aquellos que literalmente se comen la cámara.

El aprendizaje desde mi disparador es conmovedorporque la actitud del fotógrafo es la clave para que germine, sí, también ese ‘algo’ que te atrape en tan sólo un fotograma de la secuencia. El momento. La magia de la caja de luz. Transmitir.

Existe una fecha para mí primordial: la de la primera cita cuando no hay más disparos que la cadencia de los latidos, de igual a igual, compartir conocimiento, descubrir cómo te mima la luz, observar la piel, los gestos, el cabello, cualquier detalle es importante… Asomarse al corazón de la persona como a una ventana sin cortinas. Este día se emprende un paso aestrenar. Cada sesión de fotos es una primera vez, una nueva oportunidad de ser. Ser feliz. Hacer equipo de retinas. Admirar. Construir. Crear.

Marina tiene un talento natural para mimetizarse en ella misma y abstraerse del ruido con la finalidad de dar vida a un personaje de forma absolutamente creíble. Así lo expresa ella tan bonito, ser capaz durante una jornada de rodaje, en un plató rodeada de gente, luces, cámara, acción y todo desaparece a su alrededor. Y entonces, Marina ‘crea’ y ‘cree’.

No voy a desvelaros el papel que interpreta en ‘Las chicas del cable’ porque será maravilloso descubrirlo. Yo he visto ese duende en nuestra última sesión cuando las dos hicimos un pacto con la mañana.
El 28 de abril llega por fin el estreno de ‘Las chicas del cable’. Sus productores volverán a colarnos en el ambiente de los años 20, como hicieran ya en ‘Velvet’ y ‘Gran Hotel’. “Las chicas del cable” es la primera serie original española que la plataforma NETFLIX presentará a nivel mundial.

Tengo claro que para Marina compartir reparto junto a Blanca Suárez, Ana Fernández, Nadia de Santiago y Maggie Civantos, entre otros, es una cuna de aprendizaje.

Marina, vívelo muy despierta y apuesta por tu sueño porque ya empiezas a acariciarlo. Disfruta. Pero sobre todo vive tu ahora. Es sólo tuyo.

sábado, 18 de marzo de 2017

Desplegar...

“Si lo que me gustaba de ti eran tus alas, para qué cortarlas…”. Aquella frase había acompañado a Manu años. Y no sólo asociada a mujeres, no. Sino al sentimiento tan destructivo como el de la posesión como consecuencia de la falta de seguridad. Por no mencionar la dificultad de conciliar el silencio con la soledad y apestar al miedo. Al final es uno mismo quien pone sus propias limitaciones pero eso es algo complejo de asimilar.

Hay que estar dispuesto a vivir todo lo que se siente por dentro y hacer que fluya, incluso lo que no nos gusta porque a algún punto nos orienta. Manu había ejercitado el arte de estar con ella misma, aprendió a sepultar todos los ruidos, unas veces con distracciones.
Sin ser una experta culinaria había encontrado en la cocina un refugio de creatividad. Otras, concentrándose en escuchar a los demás porque era su fuerte empatizar y así sus propios problemas se diluían cuando los de los demás espesaban. Hoy identificaba claramente esos momentos y sentía alivio porque también escogía estar sola. Era el primer paso para desplegar las alas.
De pequeña jugaba con sus hermanas a volar, extendían los brazos y surcaban las praderas. Era como estar en el cielo a tan sólo dos palmos del suelo entre salto y salto. Y el mejor paseo por las nubes era quedarse bajo las sábanas cuando su madre las doblaba con ayuda y, antes de plisarlas, las llenaba de aire alzándolas para dejarlas caer amenazando tormenta y corrían en busca de amparo. ¡WOW! ¡Qué sensación aquella cuando volvía el lienzo a ascender… La cabellera revuelta y los brazos en alto queriéndose sujetar a la tela! Ascender. Trascender.
Enfrascada en ese vuelo recordaba los días de soledad acompañada que nada tenían que ver con su ahora. Manu esboza una sonrisa. No se siente irresistiblemente feliz pero sí en paz.
Miedo a volar… No poder tender las alas porque es otra actitud la que se espera de ti. La generosidad no puede malinterpretarse. Hoy elige hacer lo que la dicta el corazón, reconocer su sitio en ese mundo donde algunas mañanas despierta con ganas de comérselo y otros días parece que se la engulle. Ese.
Manu no tiene memoria de grillo pero tampoco habita con el rencor, sólo que un día tuvo que recolocar sus porqués y decidió ser honesta con su vida. Las articulaciones duelen. Tanto tiempo plegadas que la caída libre asusta. Sonríe pero no una medio sonrisa conforme, no. Sonríe. Manu respira. El aire llega hasta el estómago. Lo siente. El pecho ya no duele. No se marea.
De fondo una canción, su canción y canta. Enérgica. Canta. Vuela.
Tonight I want to sit alone and change.I want to turn that fucking page and walk away from you.Tonight I want to see me as I am, grab a knife and cut my hand
so I can see the wound.
Go away pain, go away.I will show you the way, you’ve stayed way too long here.And it’s getting late pain, it’s getting lateand I’ve never been your fate so go back to your mate.The nights are passing by but I’m the sameand I’ve got no one to blame, this pain it isn’t real.Changing who you are is so damn hardfrom the ending to the start, fighting for the wrong ideal.

sábado, 11 de marzo de 2017

Mírame...

De pequeña Manu tuvo una imaginación prodigiosa y nada la fascinaba más que contar historias con una improvisación desbordante y todo tipo de personajes y ambientes.

El final siempre quedaba abierto, primero porque así concatenaba sus cuentos y eso activaba su propia creatividad, pero sobre todo porque era su forma de invitar a cuantos le escuchaban a que cada uno proyectara su propio final, inconscientemente libres con sus circunstancias y sus inquietudes. Era como practicar el arte de vivir. Adorable. Ser quien quieres y hacer realidad tus sueños más absurdos. Poderoso. Mágico.
Hubo largas tardes de portal sentados en las escaleras de frío mármol del entresuelo. A los niños les prohibían quedarse dentro. Paco, el portero, era un infatigable cascarrabias y raro era el día que no protestara. Cuando no lo hacía, canturreaba y silbaba alternándolo con mucha habilidad, la misma que habían adquirido los pequeños si aparecía para huir y dispersarse con rapidez con el calzado bajo el brazo, porque los calcetines no eran delatores.
Más de uno perdió un zapato. También era gracioso aguantarse la respiración o la risa cuando había ruido de llaves, se disparaba el timbre del telefonillo de la entrada o el ascensor se activaba. Divertido, pero con una inocente tensión. Inquietante. Provocador.
Manu regresaba a estas sensaciones del pasado cuando intuía que la creatividad mermaba. En la espontaneidad de los niños, en su curiosidad siempre despierta, en sus ganas de todo, incluso para luchar con monstruos, en su impaciencia…
En todo ese ‘minimundo’, Manu encontró una inagotable fuente de inspiración. A veces sólo escribía palabras sueltas desperdigadas por el papel, luego trazaba líneas entre ellas y ponía nombre a una nueva constelación. Para rematar esperaba el momento a poner todo aquel universo a trabajar, ser capaz de poner en práctica aquella gran idea y lo más importante, no derrumbarse si alguien se la adelantaba, si se cruzaba con otro extraordinario cuentacuentos… Nada pasa por casualidad, un nuevo aprendizaje, quizá. Lo que fuera pero sin alejarse de tu germen para perderte entre excusas. Revivir el duelo. Respirar oportunidades. Vértigo. Entusiasmo.
No todos los recuerdos eran recurrentes. Ni tampoco los presentes determinantes, ni los futuros inciertos, pero simplificarlo todo al origen funcionaba. Uno más uno igual a dos. La ‘m’ con la ‘a’, ‘ma’. Despeinarse entre las sábanas o haciendo volar la falda. Canturrear. Silbar. Andar descalza. Vivir cada momento y no esperarlo. Reinventarse. Recomponer la belleza si fue dañada. Reírse de uno mismo. Encharcar los pulmones de aire limpio. Ensanchar el alma.
Mirar bonito. Eso que sucede entre la retina y el corazón.  Reconocerlo y reconocerse.

sábado, 4 de marzo de 2017

De noches y amaneceres...

¿Quién no ha vivido momentos de incertidumbres?
Noches de insomnio en las que la oscuridad se reinventa con luz propia mientras la retina recorre cada rincón del dormitorio entretanto las sombras cobran forma.
Noches de preguntas sin respuestas, controlando el pulso para no llamar de madrugada en busca de ese abrazo hecho susurro.
Noches de quedarse sin aliento… porque el beso se quedó en el portal.
Noches de llorar a los que se fueron, sin consuelo, sin más “allás”… sin estrellas que brillan “allá” y de nubes que no habitan en el cielo, “acá”.

Noches de camuflar la vida entre sábanas blancas con la esperanza de verlo todo con claridad al despertar.
Noches de un corazón que se deshoja por dentro.
Noches de confeti cuyo colorido te roba el sueño y sólo quieres que la fiesta no termine.
Noches de hospital con toque de queda y encontrar sentido a “comenzar la cuenta atrás”.
Noches de puzle al que le faltan piezas.
Noches de trasatlántico en medio de la tempestad, pero “que me quiten lo bailao”.
Noches de renacer y vértigo en tu colchón… ¿Y si me equivoco?.
Noches de realidad virtual, de sobresaltos, de segundos en off… Estoy soñando o estoy despierto.
Noches de fe y mover montañas.
Noches de dualidades y debilidades.
Manu se muerde las dudas de noche y amanece con la capacidad de crear infiernos y cielos como quien pasa páginas pares e impares. Cuando eso sucede, Manu deja la vida en blanco y remonta un nuevo sueño, abriendo y cerrando los ojos, cerrándolos para luego abrirlos y mirar bonito. Lo ha convertido en una buena práctica. Recordar esas noches y sus despertares la ayudan a entender nuevas situaciones sin condiciones. Un antes y un después.
Hoy Manu amanece como la primavera en invierno, seca… Algo deslavada de color y con las raíces a la intemperie. Tiene frío. Necesita luz. Busca una canción. Sinnerman. Fija la mirada en una foto suya de pequeña, guiña un ojo a modo de ‘click’ y se recuerda sintiendo física y emocionalmente. Sabía ser feliz sin que nadie la enseñara porque sí y hoy sabe prepararse un café con espuma… Y también regar la primavera, porque quiere.
Amaneceres.
Amaneceres de mirada de niño… De esos que creen que todo es posible.

sábado, 25 de febrero de 2017

Crecer sin perder la esencia...

Acostumbrada a crecer entre brisas, Manu sólo encuentra ventajas viviendo junto al mar. Soportar la humedad es el pretexto perfecto para refugiarse en sus lanas. Manu adora su textura. Los días de sol de invierno y entre semana, ella apura la hora del almuerzo y se fuga al escondite de las dunas. Lo había convertido casi en un ritual.

Diez minutos al volante a todo pulmón y parar el reloj para respirar intensamente. El aire es limpio y sabe a yodo. Luego se descalza para enterrar sus piececillos en la arena y terminar tumbada sobre la misma. Lo que más le gusta es desnudar sus hombros para disfrutar del masaje de luz. De fondo sólo el viento y alguna despistada gaviota. Media hora y se incorpora. Unos frutos secos, una manzana… algunos días lee, otros escribe, como hoy. Hoy Manu escribe a Luis.
“Crecemos franqueando la barrera del sonido. Ahora entiendo cómo es que vamos sordos en algún tramo de vida…”.
Comienza a estar incómoda acostada boca abajo y eleva la vista pero aquellos pequeños centinelas no la dejan ver. No consigue asomarse al horizonte de la curiosidad. Un perro ladra a lo lejos pero regresa a su bloc de notas. Percibe inspiración y tiene que aprovecharla porque no siempre puede adentrarse en los rincones inocentes de su corazón y escribe: “Crecer sin perder esencia”, y su mente vuela y distraída extiende la mano y acaricia ese algodón natural espigado al astro… Tacto. Juega. Guiña un ojo para afinar la mirada. Le gusta ver la claridad que se filtra entre esas inquietantes hierbas de playa que al mecerse con el viento, dejan entrever la distancia. Retoma la caligrafía.
“El horizonte no se ha movido pero cada vez me cuesta más vislumbrarlo. La maleza crece de forma silenciosa como las emociones, esas que de pequeños existen de forma primitiva pero a medida que nos hacemos mayores progresan a zancadas. ¿Quién no tuvo algún motivo para desenfocar la mirada o incluso, perdido tras la ilusión, buscó la armonía en la distancia? Y en esa sensación, en esa perfección con estructura propia, cogemos la fuerza suficiente como para sostener el mundo… Me hago mayor sujeta a mi esencia.
Todas las estaciones a mis pies… Las suelas se desgastan Luis, me convierto en historias que viven y mueren. El pecho se llena de responsabilidades que unos días restan y otros suman…, y tú no sabes. La maleza lo cubre todo y ahí va la esencia, como puede, agarrada a la punta de mis dedos.
La maleza se reproduce a una velocidad con la que ya no puedo competir. ¿Quién soy yo frente a esta hoja en blanco que un día sostuvo cadencia y hoy toda una revolución de pasiones? Tengo que aprovechar estos ratitos de salitre para escribirte despejada porque la maleza devora mi creatividad”.
Manu recolecta pensamientos en ese sol de invierno. Vuelve a cerrar los párpados. Descansa.Huele a tierra, huele a humedad, huele a sol o luna. La maleza avanza. Inspira. Se incorpora para aterrizar en su rutina. Ya de regreso sonríe porque su ratito de luz siempre resulta sanador. Escribir también… Uno nace sin saber ponerle nombre a lo que siente. Sólo cuando se deja fluir entre letras, uno avanza como la maleza.
Una compañera de trabajo esperó a Manu al verla estacionar. Hablaron del tiempo, estaba siendo un invierno cálido. Manu le compartió su mediodía en la playa y su compañera no daba crédito consciente del poquito tiempo que disponían para comer. Manu argumentó: “Sí es cierto. Hubo días que me quedé por aquí y se me hizo eterno, pero adoro conducir y si lo piensas bien, el tiempo es lo que es. Sólo nosotros podemos decidir qué hacer con el tiempo, cómo queremos disfrutarlo. Como leí en una ocasión, TIEMPO DE CALIDAD, NO CANTIDAD DE TIEMPO“.
Quizá mañana acabará su carta. Quizá.

sábado, 4 de febrero de 2017

Armando ilusiones...

Cuando la fragilidad se apoderaba de Manu, concentraba todos sus sentidos en las palabras de su padre “Hija mía, la mente fría de vez en cuando, un poco fría” pero costaba trabajo porque pese a los fracasos, engaños y decepciones, a ella le seguía pareciendo mágico el ser humano, ése era el riesgo en la vida de cualquiera que transita su minutero con el pecho al descubierto.



Cuando ese punto de debilidad la asaltaba, resultaba tremendamente frustrante tratar de anotar nada en aquella libreta que pasaba de un bolso a un bolsillo y que en ocasiones traspapelaba con las llaves del coche o las gafas de sol porque una hoja en blanco era su objeto de compañía, la biblioteca de su creatividad: una palabra, el nombre de una canción, el título de un libro, un pensamiento, el esbozo de un proyecto, el borrador de amor o el manual de sus ideas. El Plan B.

Garabateaba círculos hasta formar un gran punto negro como un agujero de vacío. Sonrió recordando la capacidad de Luis para dibujar una flor o una casa en cuatro trazos mientras hablaba por teléfono sin tan siquiera estar poniendo todos los sentidos en lo que hacía. Ella en cambio, continuaba dibujando una flor y una casa como cuando era pequeña.

Regresó a su niñez, al patio del barrio, a los recreos de rayuela  y de la velocidad a la que trazaba aquel cuadrilátero de tiza que muchas veces armó con diferentes variantes y ganando en complejidad. Se sonrojó involuntariamente rememorando cómo la pedían que diseñara una distinta. Una nueva. El ratito de interrupción para el esparcimiento a media mañana en el colegio era breve pero daba para mucho. Para cuando sonaba el timbre, Manu ya llevaba preparado su trocito de escayola apretadito en la palma de la mano y en la faltriquera su piedra desgastada de besos para que la trajera suerte.  Puntería  cada vez que se acercaba al cielo desde tierra. Guardar el equilibro y chutarla con precisión hasta la siguiente casilla en la segunda vuelta. Y el más difícil todavía, el sprint final, atravesar a saltitos todo el recorrido de cuadraditos con la piedra entre los pies sin caerse y así, ida y vuelta. A Manu se le aceleró el pulso y escribió “armando ilusiones”.

Un año en un diván fueron su punto de partida. Volver a esa niña. Acompañarla en su juego, empujarla sin miedo y ayudarla a levantarse si caía. Cuando era pequeña jugaba con sus amigos a ser mayores, ejemplares en su solemnidad pero sin perder la facultad de volar si creían que podían hacer volar la alfombra del salón tras desmantelarlo literalmente del mobiliario inútil.

En sus divagaciones encontró respuestas, los problemas perdían perspectiva y no dejaba de tratar de entender a los mayores envueltos de envidias y absurdos egos, con lo fácil que sería compartir un trocito de cielo en la rayuela con los dos pies mirando a tierra. Manu empezó a pensar en ella misma desde afuera hasta dentro.

Alguien llamó a la puerta, tuvo la misma sensación que el fin del recreo. Se incorporó de un brinco y abrió. Era su padre. “Vamos”. “ ¿A dónde?” repuso Manu. “A volar” la dijo carcajeándose. “¿O te has olvidado que me lo repetías una y otra vez cuando eras una canija”. Manu no parpadeaba. “Vamos hija, cualquier día es bueno para empezar. No necesitas tus pequeñas suelas si aún conservas las mismas alas”.

Seis pasos y ya Manu caminaba como una novia colgada del brazo de su padre. Avanzaban despacito, sin prisa… “Así que la mente fría ¿eh Papá?”. No hubo respuesta pero sí una sonrisa y un guiño.  

sábado, 28 de enero de 2017

La Bombonera...

Modelo: @mininaann_handmade


Tras 44 minutos de conversación fluida con su amiga Inés al teléfono, Manu silenció el mismo y aún absorta en la charla compartida se preparó un té, necesitaba un poco de aire y allí en su bunker rural tenía cuanto necesitaba.

Recordó con pereza sus días en la ciudad, afincada en un barrio bohemio con aquel sabor romántico que ella misma propiciaba porque Manu era una soñadora empedernida, Manu vivió maravillosos momentos de compañía. Adoraba sobre todo las meriendas que lejos de arreglar el mundo, lo conquistaban con abrazos de chocolate caliente. En aquella buhardilla que muchos calificaron como “la bombonera”, cada estación tenía su encanto y Manu no hacía diferencias entre exprimir el verano en un rayo de luz que acariciar al frío haciendo vaho en el cristal los días de lluvia en invierno. Lo curioso es que todo sucedía junto a su balcón que orientado al Sur descansaba en un patio interior de ropa tendida, excrementos de paloma, antenas de televisión, además de pinzas y alguna prenda extraviada en su piso. Un balcón al que con frecuencia se asomaba a respirar como esta tarde.

Manu contemplaba la puesta de sol. Presa de la nostalgia puso todos sus recursos en acción para recuperar el presente. Fue una etapa, era consciente, como también lo fuera la de vueltas que dio a la manzana en busca de aparcamiento  porque para cuando ella regresaba a su nido, la mayoría de los vecinos llevaban ya horas en sus hogares. Resultaba frustrante. De hecho, nunca entendió como es que sus amigos con tanto despiste se olvidaran cualquier prenda de ropa o un paraguas o una carpeta de apuntes, Manu se repetía “por no aparcar…”… ahora sí lo comprendía, al cambio eran los 44 minutos de Inés y la habilidad de Manu para postergar sus malos ratos y guardarlos en un cajón.

Comenzaba a sentirse cómplice de la soledad de su nueva vida. La confortaba. Sí, también la asustaba porque ¿quién no desea que le rieguen el corazón de primavera en pleno invierno?. O como acaba de confesarse con Inés “sabes que no soy zurda y que tengo la costumbre de llevar el reloj en mi muñeca derecha,  yo también necesito que me ayuden a darlo cuerda de vez en cuando”. Manu pasó por diferentes terapias, conocía toda la teoría y aquello de quererse a uno mismo sabía que era la anhelada pieza del rompecabezas pero estaba un poco cansada de tanta letanía, libros de auto-ayuda, consejos que a veces eran tan impracticables como ponerse a dieta.

Si alguien le preguntaba a Manu “¿cómo estás?”, había desarrollado la capacidad de contestar “tranquila” y no es que mintiera y puestos a cantar verdades, realmente así se sentía esta tarde con la taza de té aún caliente junto a su pecho, pero, pero, pero…  aún quedaban restos del eco de un ruido interior. Superar un descompás de amor, interrumpir su conservador proyecto de vida, reciclar las ilusiones, desapegarse de la responsabilidad del daño colateral… todo desgastaba lo suficiente como para a veces flaquear.



"Pero esto era otra etapa, otra más" pensó, como la de su vida en la ciudad junto al balcón. A la vida Manu la habla con franqueza y la pide que la despierte cada mañana, que la rodee de cariño y amistad con la que compartir su magia, que la pellizque para recuperar las señales, que la saque a respirar puestas de sol y que no se quede de paso, sino a su lado porque un día la realidad que la rodea dejará de doler y volverá a hacer locuras por amor aunque no la correspondan… por eso va a encontrarse con Luis, viajará en coche con Inés incluso hasta la puerta del cole de sus pequeños cantando con las ventanillas bien abajo.  A la vida Manu le cuenta, que ya no le tiene miedo al tiempo que vuela, le ha cogido el pulso, así, tranquila.

sábado, 21 de enero de 2017

Manu y su alma gitana...

Junto a Luis, Manu rescató la espontaneidad y no es que ella no la tuviera sino que la vida se había vuelto tan encorsetada que Manu olvidó caminar descalza como a ella le gustaba y enseñarle el pecho al sol para llenarse de su calor. Adquirió la mala costumbre de posponer las dificultades para aparcar el ahora o aclimatarse a echar de menos, en lugar de hacerlo de más y de sentirse mal por decir no y engañarse en sus sis, eso no la convertían en mejor persona. En la reconquista de su naturalidad pasó a ser la protagonista del cuento, sintiendo por y para ella.



Con Luis, Manu recuperó piel, aprendió a respirar por la planta de sus pies e impregnarse de cada gota de rocío mientras sobrevolaba con la palma de su mano las hiervas altas y entre esos pensamientos estaba cuando se le clavó un guijarro del sendero, porque Manu, ahora, olvidaba con frecuencia sus suelas en el porche y gitaneaba desde la primera luz del día hasta el ocaso. Atrás quedaban esas jornadas de pesadas mochilas, de caminar mirando al suelo o pendiente de su teléfono móvil. 

Hace frío y de vuelta a casa, Manu se refugia en su larga chaqueta de lana y piensa en aquel cruce de caminos, el de las despedidas. Una vida soñando una vida perfecta, así de torpes somos los humanos, ciegos de mente para reconocer que la vida perfecta reside en el momento. Nos pensamos que lo sabemos todo y lo cierto es que no tenemos ni idea de nada. Resulta triste tener que sufrir una desgracia, atravesar una enfermedad, vivir un luto para llenar de te quieros una fotografía o dejar para fin de año la lista de propósitos, todo esto y más, para tomar conciencia que la vida se gasta y que deberíamos vivir cada lunes como si fuera el mejor día de la semana.

Manu no era una mujer pasiva que se dejara llevar y se aprovechara de las inercias ajenas... ella necesitaba crear su propio espacio, sentir que su fuerza empujaba un poquito el mundo generando bienestar y que tenía las riendas. Luis fue clave para encontrarse a sí misma, en él encontró un semejante pero sólo ella era responsable de su kilometraje y ella decidía ahora tomar las riendas de su vida. Luis coloreó muchos amaneceres a su lado pero nada tenían que ver con la sensación de empezar a respetar cada puesta de sol con sus propios ojos por no contar la de estrellas a las que asignaba nombres cada noche.


El frío era intenso y Manu aceleró el ritmo, era tarde y aún tenía que sacar brillo a sus zapatos, no fuera a ser que los precisara al día siguiente. ¡Quién sabe!