El Rincón de Mela ...

Cuentan que el mejor de los viajes empieza cuando naces ... y por ello este Blog lo hace con el ánimo de regalar y compartir con cuantos viajáis conmigo por esta vida ... anécdotas, fotos, risas, ideas, viajes, cariño, experiencias, ilusión, sugerencias, "alma" e inspiración ... cualquier "cosita" que os haga sentir bien y suspirar de emoción! Os quiero!

sábado, 25 de febrero de 2017

Crecer sin perder la esencia...

Acostumbrada a crecer entre brisas, Manu sólo encuentra ventajas viviendo junto al mar. Soportar la humedad es el pretexto perfecto para refugiarse en sus lanas. Manu adora su textura. Los días de sol de invierno y entre semana, ella apura la hora del almuerzo y se fuga al escondite de las dunas. Lo había convertido casi en un ritual.

Diez minutos al volante a todo pulmón y parar el reloj para respirar intensamente. El aire es limpio y sabe a yodo. Luego se descalza para enterrar sus piececillos en la arena y terminar tumbada sobre la misma. Lo que más le gusta es desnudar sus hombros para disfrutar del masaje de luz. De fondo sólo el viento y alguna despistada gaviota. Media hora y se incorpora. Unos frutos secos, una manzana… algunos días lee, otros escribe, como hoy. Hoy Manu escribe a Luis.
“Crecemos franqueando la barrera del sonido. Ahora entiendo cómo es que vamos sordos en algún tramo de vida…”.
Comienza a estar incómoda acostada boca abajo y eleva la vista pero aquellos pequeños centinelas no la dejan ver. No consigue asomarse al horizonte de la curiosidad. Un perro ladra a lo lejos pero regresa a su bloc de notas. Percibe inspiración y tiene que aprovecharla porque no siempre puede adentrarse en los rincones inocentes de su corazón y escribe: “Crecer sin perder esencia”, y su mente vuela y distraída extiende la mano y acaricia ese algodón natural espigado al astro… Tacto. Juega. Guiña un ojo para afinar la mirada. Le gusta ver la claridad que se filtra entre esas inquietantes hierbas de playa que al mecerse con el viento, dejan entrever la distancia. Retoma la caligrafía.
“El horizonte no se ha movido pero cada vez me cuesta más vislumbrarlo. La maleza crece de forma silenciosa como las emociones, esas que de pequeños existen de forma primitiva pero a medida que nos hacemos mayores progresan a zancadas. ¿Quién no tuvo algún motivo para desenfocar la mirada o incluso, perdido tras la ilusión, buscó la armonía en la distancia? Y en esa sensación, en esa perfección con estructura propia, cogemos la fuerza suficiente como para sostener el mundo… Me hago mayor sujeta a mi esencia.
Todas las estaciones a mis pies… Las suelas se desgastan Luis, me convierto en historias que viven y mueren. El pecho se llena de responsabilidades que unos días restan y otros suman…, y tú no sabes. La maleza lo cubre todo y ahí va la esencia, como puede, agarrada a la punta de mis dedos.
La maleza se reproduce a una velocidad con la que ya no puedo competir. ¿Quién soy yo frente a esta hoja en blanco que un día sostuvo cadencia y hoy toda una revolución de pasiones? Tengo que aprovechar estos ratitos de salitre para escribirte despejada porque la maleza devora mi creatividad”.
Manu recolecta pensamientos en ese sol de invierno. Vuelve a cerrar los párpados. Descansa.Huele a tierra, huele a humedad, huele a sol o luna. La maleza avanza. Inspira. Se incorpora para aterrizar en su rutina. Ya de regreso sonríe porque su ratito de luz siempre resulta sanador. Escribir también… Uno nace sin saber ponerle nombre a lo que siente. Sólo cuando se deja fluir entre letras, uno avanza como la maleza.
Una compañera de trabajo esperó a Manu al verla estacionar. Hablaron del tiempo, estaba siendo un invierno cálido. Manu le compartió su mediodía en la playa y su compañera no daba crédito consciente del poquito tiempo que disponían para comer. Manu argumentó: “Sí es cierto. Hubo días que me quedé por aquí y se me hizo eterno, pero adoro conducir y si lo piensas bien, el tiempo es lo que es. Sólo nosotros podemos decidir qué hacer con el tiempo, cómo queremos disfrutarlo. Como leí en una ocasión, TIEMPO DE CALIDAD, NO CANTIDAD DE TIEMPO“.
Quizá mañana acabará su carta. Quizá.

sábado, 4 de febrero de 2017

Armando ilusiones...

Cuando la fragilidad se apoderaba de Manu, concentraba todos sus sentidos en las palabras de su padre “Hija mía, la mente fría de vez en cuando, un poco fría” pero costaba trabajo porque pese a los fracasos, engaños y decepciones, a ella le seguía pareciendo mágico el ser humano, ése era el riesgo en la vida de cualquiera que transita su minutero con el pecho al descubierto.



Cuando ese punto de debilidad la asaltaba, resultaba tremendamente frustrante tratar de anotar nada en aquella libreta que pasaba de un bolso a un bolsillo y que en ocasiones traspapelaba con las llaves del coche o las gafas de sol porque una hoja en blanco era su objeto de compañía, la biblioteca de su creatividad: una palabra, el nombre de una canción, el título de un libro, un pensamiento, el esbozo de un proyecto, el borrador de amor o el manual de sus ideas. El Plan B.

Garabateaba círculos hasta formar un gran punto negro como un agujero de vacío. Sonrió recordando la capacidad de Luis para dibujar una flor o una casa en cuatro trazos mientras hablaba por teléfono sin tan siquiera estar poniendo todos los sentidos en lo que hacía. Ella en cambio, continuaba dibujando una flor y una casa como cuando era pequeña.

Regresó a su niñez, al patio del barrio, a los recreos de rayuela  y de la velocidad a la que trazaba aquel cuadrilátero de tiza que muchas veces armó con diferentes variantes y ganando en complejidad. Se sonrojó involuntariamente rememorando cómo la pedían que diseñara una distinta. Una nueva. El ratito de interrupción para el esparcimiento a media mañana en el colegio era breve pero daba para mucho. Para cuando sonaba el timbre, Manu ya llevaba preparado su trocito de escayola apretadito en la palma de la mano y en la faltriquera su piedra desgastada de besos para que la trajera suerte.  Puntería  cada vez que se acercaba al cielo desde tierra. Guardar el equilibro y chutarla con precisión hasta la siguiente casilla en la segunda vuelta. Y el más difícil todavía, el sprint final, atravesar a saltitos todo el recorrido de cuadraditos con la piedra entre los pies sin caerse y así, ida y vuelta. A Manu se le aceleró el pulso y escribió “armando ilusiones”.

Un año en un diván fueron su punto de partida. Volver a esa niña. Acompañarla en su juego, empujarla sin miedo y ayudarla a levantarse si caía. Cuando era pequeña jugaba con sus amigos a ser mayores, ejemplares en su solemnidad pero sin perder la facultad de volar si creían que podían hacer volar la alfombra del salón tras desmantelarlo literalmente del mobiliario inútil.

En sus divagaciones encontró respuestas, los problemas perdían perspectiva y no dejaba de tratar de entender a los mayores envueltos de envidias y absurdos egos, con lo fácil que sería compartir un trocito de cielo en la rayuela con los dos pies mirando a tierra. Manu empezó a pensar en ella misma desde afuera hasta dentro.

Alguien llamó a la puerta, tuvo la misma sensación que el fin del recreo. Se incorporó de un brinco y abrió. Era su padre. “Vamos”. “ ¿A dónde?” repuso Manu. “A volar” la dijo carcajeándose. “¿O te has olvidado que me lo repetías una y otra vez cuando eras una canija”. Manu no parpadeaba. “Vamos hija, cualquier día es bueno para empezar. No necesitas tus pequeñas suelas si aún conservas las mismas alas”.

Seis pasos y ya Manu caminaba como una novia colgada del brazo de su padre. Avanzaban despacito, sin prisa… “Así que la mente fría ¿eh Papá?”. No hubo respuesta pero sí una sonrisa y un guiño.