El Rincón de Mela ...

Cuentan que el mejor de los viajes empieza cuando naces ... y por ello este Blog lo hace con el ánimo de regalar y compartir con cuantos viajáis conmigo por esta vida ... anécdotas, fotos, risas, ideas, viajes, cariño, experiencias, ilusión, sugerencias, "alma" e inspiración ... cualquier "cosita" que os haga sentir bien y suspirar de emoción! Os quiero!

sábado, 31 de diciembre de 2016

Siempre se puede un poco más...

El viento azotaba fuerte mientras el cielo se oscurecía cada vez más, así que corrió al altillo en busca de su viejo ventilador, aquel que un día su papá le regalara para quitar las nubes en los días malos. Cuando Manu se refugiaba en aquel desván de vida, era que Manu necesitaba desconectarse del mundo por unas horas para abrazarlo desde otra perspectiva, sentirse ajena a todo para regresar un poco más mortal, un poco más mundana, quizá un poquito menos vulnerable pero sin que se notara demasiado. Aquella tarde Manu encontró otro tesoro antes que su viejo ventilador, tropezó con la bola de cristal que una Navidad la dejaran bajo el árbol con su nombre y una dedicatoria "Siempre se puede un poco más...". Sonrió recordando la de veces que agitó aquella pieza con energía por si así la nieve que se arremolinaba en su interior durara más tiempo. Curiosamente es Navidad y Manu toma consciencia que debe reaccionar, hoy cualquier sentimiento de nostalgia y de tristeza tienen que aceptarse y convivir, sacar sus encantos y sus descaros porque es Navidad y Manu se imagina batiendo los días de Adviento para alterar la magia del calendario y colarse directamente en el pestañeo de la luces del árbol. Por cada parpadeo un deseo. ¿O no son días de exceso?



Descendió las escaleras repleta de sensaciones y con el propósito de no dejarse engullir por pensamientos erróneos, porque lo quisiera o no, hay un no-se-qué que se airea para cada uno en Navidad. Para Manu la Navidad era infancia, esa época del año donde se agolpan las tradiciones, donde se descuentan los días hasta la llegada de los Reyes Magos, expectantes de si el cartero habrá entregado mi carta a tiempo o si, ellos que todo lo ven, sabrán que he sido lo suficientemente bueno como para que no me traigan carbón, días de villancicos sin entonar, de vestirnos elegantes y que no falte nuestra complicidad con la suerte con la prenda roja o el oro en el cava, de una cena especial, la sopa de pescado de mamá que reconstituye el alma, el tintineo de la copas que viajan de brindis en brindis, Nochebuena de hogar y familia unida, de postales que se ensobraron con cariño y de correr hacia la puerta cada vez que suena el timbre porque habrá un nuevo abrazo que descorchar. Sobremesa de juegos, grandes y pequeños, todos juntos; el juego estrella, nuestro BINGO; a los pequeños les faltan ojos para abarcar todos los números del cartón y los mayores cantan los números con su coletilla "el 15, la niña bonita... el 22, los patitos en el agua...". Manu se arranca con una carcajada recordando los piques de algunos frente al afortunado que se adelantaba con la línea. Y en estos pensamientos se enredaba Manu mientras colocaba su bola de cristal en el centro de la mesa y prendía una vela. Nunca escuchó a un niño manifestar que las Navidades no le gustaran. Sin embargo, con qué facilidad fluía de un adulto. 

Manu había echado ganas a su atardecer, reanimó su corazón, miró a la Navidad con cierta distancia para distinguir la ilusión de los más pequeños y cómo se va transformando en esperanza con el paso de los años. De cómo fue ganando el fin de año su protagonismo para llenar otra lista de propósitos que quizá no pueda rematar ni en una segunda vuelta pero la realidad es que dejas de ser niño y haces recuento, recuento de cuanto dejaste a medias y empiezas a pensar que el tiempo como el año se escapa. Por tercera vez tuvo que contar Manu los cubiertos que iba colocando en la mesa aunque ya no tenía que descubrir en la palma de su mano aquella caligrafía con el orden de los mismos, ni que el filo del cuchillo siempre debía mirar al plato. La Navidad también era la suma de ese recuerdo y la del hueco vacío que tocaba reemplazar con orgullo. Lotería. Sueños que no debemos castrar aunque a veces cueste perseguirlos. Dietas porque el turrón aprieta. Volver a casa. Atizar la chimenea. Bailar con la corbata de diadema y los pies descalzos. Alegría. Echar de menos. Paz. Hablar con las miradas. Amor. Navidad.


Todo estaba casi a punto, los últimos retoques en el espejo, su carmín... de fondo la carcajada de las más pequeñas, aún revoloteando por la casa, sin prisa en la mirada sólo por reír. Navidad e infancia... lo tenía todo!

sábado, 24 de diciembre de 2016

Delicadamente libre...

A Manu le encantaba pasear por la playa en los atardeceres rojos, marcaba una senda recta hacia el sol y en su regreso caminaba sobre sus propias huellas que primero eran devoradas por la sombra que proyectaba mientras trataba de imaginar su silueta a contra-luz.

"Mañana traeré mi cámara (se dijo) ... me quiero ver".



Hizo un alto para acariciar el Atlántico. Recordó cuánto la gustaba siendo niña enterrarse en la orilla erguida como un faro, mirar con desafío al mar y susurrarle "no me comerás". Algunas veces lanzaba un grito al viento, la emocionaba ver a su padre venir corriendo en su auxilio, ese ratito de ir en brazos rodeando su cuello y rematar el trayecto en un improvisado vuelo con los brazos extendidos ... uuaauuu ... Manu alzó la vista, el aire olía a salitre y el sol conquistaba su último baño del día, maravilloso reflejo como aquella tarde en la que Luis le descubriera el vuelo en su falda, cada vez que Luis la desprendía del suelo, Manu se adivinaba tan ligera, tan ajena a cualquier pensamiento y delicadamente libre para sentir. Manu llegó unos minutos antes, las coordenadas de Luis eran siempre muy precisas pero como los nervios la hacían vivir en un constante laberinto, se pasaba más de la mitad del trayecto reclinando sus gafas de sol para comprobar todas las indicaciones. No le vió llegar, así que su abrazo fue por sorpresa, cerraron los ojos, apretaron con ganas y se reconocieron en ese abrazo con fuerza, con entrega... ¡somos!

Ya en la arena se descalzaron, primero Manu y luego Luis, avanzaron. Todo lo hacían al compás, eso a veces les provocaba la risa porque era descaradamente espontaneo. Manu no hablaba pero la paz habitaba en cada volante de su falda, Luis descansaba su mano izquierda sobre su cadera, sus pasos se dibujaban justo en el límite entre la arena mojada y la seca, Manu sonreía contemplando sus pisadas y como su falda de flores se enredaba entre las piernas de Luis. Encontraron un sitio donde posar el tiempo y allí dejaron de percibir cuanto les rodeaba pero la luz estaba presente, tenía densidad. Al rato, Manu se sentó sobre el regazo de Luis cubriéndole con su primavera e interrumpió el silencio sin saber muy bien a donde mirar. "¡Qué pasa, chaval!". 

Luis sonrió mientras se zambullía en las profundidades de su iris buscando respuestas ... "yo no dejo de mirarte, ves mi cariño en la mirada, verdad Manu?". Ella se relajó y echó todo el aire "ahora estás mucho más guapa, te crecen los ojos cuando te relajas conmigo" y Manu besó su frente. Se abrazaron y a los dos se les escapó un suspiro. El mismo.

Manu, sintió como alguien tocara su hombro, se giró sin prisa pero regresó al presente en ese instante. Era Moses. "Señora, llaman de la embajada". "Gracias Moses, diles que les devolveré la llamada un poquito más tarde ... Moses, ¿qué día es hoy?". "Aún faltan dos semanas Señora para su viaje" contestó Moses. Manu le devolvió un guiño. Moses la entendía sin demasiadas explicaciones. "Señora, usted se ve muy guapa con esa falda, parece la primavera" ... Manu le ofreció su mano y de seguido un abrazo. "Moses, sólo dos semanas ... recuérdame que mañana traiga mi cámara, anda ve y diles que enseguida llamo". Y despidió a Moses con un cómplice gesto, acercó sus manitas a la cara y sonriendo, emuló un pequeño aplauso.


Volvió a sentarse como de pequeña, acurrucada al abrigo de su propio calor, de su piel, lo más parecido a un abrazo de verdad, cuando el silencio se cuela por el medio y se oye al corazón y se escucha respirar. Como a ella le gustaban los abrazos, sin desenlace.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Para ti...

La vida es ir haciendo camino en uno mismo, creer en la luz que cada uno tiene en su interior como quien paseando necesita huir de la sombra y alcanzar los últimos rayos de sol al atardecer o como quien rastrea la estela del sol al otro lado de la niebla.




Para todos aquellos que tengan que pasar página, sin registrar las huellas que dejaron sus pisadas, les deseo que los nuevos pasos les den el calor y encuentren mil y un motivos para continuar ... ilusión!

Para todos aquellos que han aprendido a acariciar el recuerdo, les deseo que los días les hagan más fuertes ... valor!

Para todos aquellos para los que todo perdió sentido y se sienten tan, tan pequeños, les deseo que se dejen llevar por el viento ... crecimiento!

Para todos aquellos invadidos por las dudas, les deseo que se zambullan en la calma ... confianza!

Para todos aquellos que les duele la distancia, les deseo que nunca dejen de enviar amor ... gratitud!

Para todos aquellos que se encuentren perdidos, les deseo que aprendan a orientarse por la brújula de sus latidos ... esperanza!

Porque nunca nos falten peregrinos o maestros en nuetro trayecto que nos ayuden a descubrir el camino aún por recorrer, por todos los amaneceres y atardeceres pendientes de compartir.

Pero sobre todo, porque mantengamos el ritmo, las ganas de seguir y acumular sonrisas, cariño, respeto, sueños ... que sin duda nos harán disfrutar al menos de un instante sin limitaciones en nuestro camino.


(Renglones del diario de Manu a corazón abierto).

sábado, 10 de diciembre de 2016

En busca de puntos finales...

Manu lo observaba todo como aquella mujer de pelo blanco lo hiciera sentada desde una galería prestada. Todas las estaciones pasaban por su retina, las primaveras, los otoños, unas tras otras visitaban las macetas del patio interior y se coloreaban en aquel pedacito de cielo que se vislumbraba entre dos edificios altos. De noche era más complicado distinguir alguna estrella con la luminiscencia de una ciudad poco ruidosa pero en definitiva, ciudad. Manu lo observaba todo, justo en ese punto era cuando su memoria lejos de apagarse cobraba más fulgor, cuando recordaba contemplar las incontables lágrimas de San Lorenzo camino de la dehesa hasta su casa. Las noches de luna llena hasta los guijarros del camino parecían fluorescentes y los deseos los disparaba con la punta del pie… el sonido del bosque y la de veces que saltó por su ventana en plena oscuridad para bailar descalza entre las luciérnagas!



Manu lo observaba todo y resultaba tan fácil desdibujarse con el dolor y las ilusiones de los demás, tan sencillo colarse justo ahí detrás del esternón. Aprendía y crecía, desaprendía y menguaba casi con la misma facilidad de quien bombea sangre a sus arterias o saca el aire de sus pulmones en un suspiro. Había adquirido esa capacidad de aislarse de sus propios fantasmas si era capaz de dar forma a un abrazo… aunque sólo fuera de voz!

Son muchos los renglones que se desordenan entre pensamientos pero Manu siente la necesidad de escribir, dejarse fluir para que broten con libertad. Ella sabe que toda esa caligrafía como en el formato de las trilogías cobrarán su propia estructura un día. En su ahora se transcribe algo inconexa pero sensiblemente acompasada de emociones y sensaciones… de días con vida, de madrugadas en las que no fue suficiente dar vuelta al colchón por si los sueños también cobraban otro horizonte. Hoy Manu recupera la tardía primavera de aquel año que para ella pasó en blanco. Recuerda a la anciana en el balcón de mirada nostálgica, su bisabuela, a quien encerraron como un pajarito en una jaula acristalada con vistas a un pequeño punto de fuga entre aquellos dos bloques de hormigón pero quien nunca dejó de respirar en cada parpadeo, ni de distinguir un intenso azul de la oscuridad de la noche. Pronto será primavera y el sol hará del jardín un balneario con las primeras gotas del rocío para regar las estrellas no se vayan a quedar secas de tanto brillar!

Los párrafos como la vida encontrarán un orden. Manu repasa sus anotaciones, hojas llenas de borrones y flechas que apuntan hacia una idea más, a veces sólo una palabra, ésa que no fue capaz de encontrar entonces pero que lo hace en el momento más inesperado, la pieza del puzzle que remata, que la ayudará a desapegarse de "sus puntos suspensivos" para reemplazarlos por un punto final. El tiempo no diluye la esencia, Manu escribe para ella... adora la textura y el aroma del papel, nada puede apasionarla más!


Otra vez el pelo blanco y la mujer, aquella que aun pareciendo perdida siempre la recordara a Manu que cada minuto era tiempo de descuento y había que ponerse a vivir. Y Manu vive y escribe, escribe en una hoja en blanco, en un trocito de servilleta, en los sobres usados, hasta en la palma de la mano.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Diez minutos de oro...

Cuando era pequeña a Manu la divertía jugar a dividir el mundo con líneas de tiza, aquel entretenimiento llegó a convertirse en el recreo de cada sábado por la tarde cuando los niños salían de sus casas para echar las horas en el patio trasero. El toque de queda era cuando las farolas del barrio se iluminaban, señal de que había que refugiarse en el hogar antes que apareciera “el hombre del saco” porque la realidad es que ningún otro motivo podía alejarles de aquella explanada donde cada uno podía poseer lo que quisiera, desde un coche biplaza hasta un edificio entero a modo “13, Rue del Percebe” o un castillo con sus torres y sus almenas y sus puentes levadizos, por no contar la de estrellas, lunas, nubes y soles que siempre acompañaban a cada obra de arte. Todo dependía de tu capacidad artística pero como lo desearas, allí quedaba concentrado.


Una vez en camisón y después del baño y la cena, corría a asomarse a la ventana cruzando los dedos para que aún continuara iluminada la calle y contemplar aquel mar de tiza, literalmente el centro de su universo, cuajado de proyectos y muchos, muchos sueños, imprecisos pero conmovedores por todo cuanto revelaban de cada uno de sus compañeros de juego. Y si envuelta entre sábanas escuchaba llover, se despertaba inquieta no fuera a ser que el agua tuviera la fuerza suficiente como para arrasarlo todo.



Hubo una noche de tormenta que Manu recordaría con cariño y a menudo. Había sido el mejor sábado de hacía meses. No faltó nadie ni siquiera su amiga Camino que todos los fines de semana se marchaba al pueblo. Tenía once años y las tizas comenzaban a ser la excusa de sus quedadas. La mejor parte llegaba cuando los chiquitines empezaban la retirada y el resto, tras vencer la timidez, niños y niñas, se adentraban en aquel enorme círculo que juntos dibujaron, ajenos al ruido de los adultos. Lo llamaron La Asamblea  y en su interior comían pipas, cantaban e incluso como aquel sábado, el mejor de hacía meses, jugaron a Verdad y Consecuencia. Manu era demasiado tímida para la acción, así que no se cuestionaba si elegir Verdad.  VERDAD. Hasta que el osado de Luis hizo “la pregunta”. Manu tenía que confesar si la gustaba aquel chico de pelo dorado, pecoso y enormes ojos azules.  Todavía hoy Manu se ruborizaba recordando aquel momento. Manu estaba enamorada y deseaba volver al círculo la tarde de domingo también. Llovió torrencialmente durante horas, dudó en levantarse y comprobar si los charcos habrían ahogado todos y cada uno de los trazos, incluido el redondel. No se podía dormir y escuchó un portazo, no tenía reloj pero había mucho silencio y oscuridad, era tarde. Decidió levantarse y entonces sus pupilas se dilataron de asombro más que de negrura al contemplar a su abuelo calado hasta los huesos con un cubo enorme  por donde asomaban molduras de escayola. El abuelo trabajaba interminables horas y llegaba fatigado, con ganas de una cabezadita en la butaca y fumarse un cigarrillo mientras conectaba el televisor para ponerse al día de cuanto sucedía fuera de aquella frontera mágica construida de tiza que Manu le compartiera sin demasiadas expectativas de ser escuchada. Eso es lo que ella creía puesto que él siempre estaba tan ocupado con las cosas de mayores. Durante muchos años Manu creció con la terrible sensación de “no molestar”… hasta aquella noche.

“¡Manuela! ¡Qué haces despierta! ¡Ven anda, ven conmigo!”. Juntos se aproximaron a la ventana tras el cristal. Había parado de llover. Había muchos reflejos y se hacía difícil adivinar que pudieran quedar restos de aquella tarde de sábado, la mejor de hacía meses. “Regresaba hoy de la lonja cuando vi que están remodelando una vivienda aquí al lado y en el contenedor vi gigantes trozos de yeso. Empezó a llover y me fugué corriendo a por ellos antes de que se empaparan pensando que quizá mañana podría ayudarte a restituir la estela de lo que quede, lo haremos más grueso, más fuerte…  ya verás. Tenemos que recomponerlo Manuela, ni un solo sueño puede quedar en ruinas”. Manu no daba crédito. Se sentó en su regazo. Fueron DIEZ MINUTOS de conversación, Manu percibió con claridad que su abuelo entendía perfectamente la importancia de aquella figura geométrica para ella. Aquellos diez minutos fueron para Manu un ejemplo de vida.

Desde que Manu fuera mamá, adoraba observar a los pequeños y reflexionar simultáneamente  sobre su infancia porque desgranando aquella época, los diez minutos de su abuelo, Manu tenía el firme convencimiento de que la inocencia no mide en tiempo. No hay diferencia entre diez minutos y dos horas,  lo verdaderamente valioso era la calidad de ese tiempo compartido. Manu trabajaba muchas horas fuera de casa, cansada física y psíquicamente a veces del ritmo diario, de tener que dedicar horas a situaciones o personas que no merecían el desgaste del segundero cuando pensaba en sus hijos.

Hasta el último día de su vida, su abuelo que fue haciéndose más abuelo con la edad y su retiro, fue clave en el aprendizaje de Manu. Ambos encontraron la felicidad en sus ratitos de oro, diez minutos frente a 24 horas diarias, todo y nada.


Unos días mientras les jabonaba el cabello, otros acercando la basura al contenedor o a comprobar si había correo en el buzón, también cocinando o improvisando un baile, coloreando, escribiendo la carta a los Reyes Magos, leyendo un cuento al acostarse o los sabrosos mimos al despertar. Manu aprendió a parar el tiempo. Cualquier actividad era motivo de DIEZ MINUTOS DE ORO, los suficientes para que un niño sepa que son suyos y de nadie más. Es indiferente si el niño tiene once años o cincuenta y dos.