El Rincón de Mela ...

Cuentan que el mejor de los viajes empieza cuando naces ... y por ello este Blog lo hace con el ánimo de regalar y compartir con cuantos viajáis conmigo por esta vida ... anécdotas, fotos, risas, ideas, viajes, cariño, experiencias, ilusión, sugerencias, "alma" e inspiración ... cualquier "cosita" que os haga sentir bien y suspirar de emoción! Os quiero!

sábado, 26 de noviembre de 2016

Manu y su hogar, ella.

La historia de Manu puede ser la tuya o la mía, en el fondo la de cualquiera porque todos tenemos más cosas en común de las que imaginamos, renglones de mujeres que van solapando etapas puesto que lejos de superarlas, todas ellas suman  hasta para empezar de cero una y otra vez, una y otra vez… incluso las que uno piensa que marcaron el fin de una de esas etapas, no, va y te zampa la vida una experiencia, crecer, un nuevo reto o quién sabe si una oportunidad a estrenar con diferentes rutas o con tu ese otro “yo” más renovado, algo más espiritual y con suerte un poquito más selectivo y egoísta. Ese otro “yo” en el fondo más animal, el genuino… al que ni uno mismo puede engañar porque nace sin contaminantes  ni contaminado.

Modelo: @sally_photo

La historia de Manu es la de una mamá que juega a “renuncios” para arrancar una gincana con una nueva vida en brazos. Por si fuera poco defender la de una misma, de repente te ves con la responsabilidad de multiplicarlo todo por dos: los miedos,  las risas,  el salario, la plenitud, las obligaciones, el cariño, la soledad… sí la soledad,  porque durante este recorrido de amor incondicional, donde haces el complejo cambio matemático de baño relajante por ducha rápida, donde el orden de factores sí altera el producto porque su crecimiento no es directamente proporcional a tu envejecimiento, donde a ti mamá te toca aprender de desapegos sin soltar, mientras que ellos ya nacen en la pista de despegue listos para extender su alitas y volar!

Con esa costumbre de querer aprovechar el tiempo al máximo, Manu faenaba en casa y repasaba listas mentalmente, cualquier distracción era válida si la alejaban de esa maraña de voces que no hablan de nada, salvo de contradicciones insoportables. Anoche su pequeña se quedó a dormir en casa de una amiga y pasaría el fin de semana con ella. Curiosa sensación la que provocaba ser consciente de las veces que proyectó estar sola para poder disfrutar de otros momentos y ahora que podía, había un silencio que no digería bien. Algo no fluía y sabía que no podía abandonarse a ese bucle de pensamientos que frustran la acción, sin más sentido que una premisa hecha prisa.

Manu paró en seco,  si hacía tiempo que no vestía reloj porqué darlo cuerda constantemente si el sol sale y se acuesta a su ritmo, porqué acelerarlo! Manu repasó aquellas jornadas fuera de casa muchas veces por trabajo y otras descubriendo nuevos horizontes, lunas que no se apagan envueltas de abrazos , la agenda llena de compromisos cuando dolía tanto decir no,  amaneceres con olor a tacita caliente y desgranando esa cadena sinfín de situaciones, existía un denominador común, la necesidad de volver a casa. Recordó cuando solía estacionar su coche, parar el motor y quedarse allí un ratito en silencio, escuchando la lluvia o adormilada por el calor del sol antes de salir al mundo y adentrarse en un hogar de soledad acompañada. Siempre encontró refugio allí frente al volante de su vida pero con el freno de mano activado, cuando el segundero no giraba y no tenía control sobre  los minutos pero lastimosamente las horas cobraban densidad porque los cristales tardan en empañarse si el copiloto está ausente.  La realidad de su kilometraje se definía siempre en la misma dirección. Manu necesitaba volver a casa. Hacer los kilómetros de vuelta.  Tu hogar… en el coche, en el corazón de alguien, alrededor de una mesa en la cocina… hogar. Y así proyectaba ahora a su niña, regresando feliz a su lado después de unas horas inolvidables de amistad y todo cobró sentido.


Era su turno. Preparó la bañera con la temperatura más parecida a la de piel con piel y se relajó. “Qué acústica tan mágica tiene el agua cuando la revuelvo delicadamente” pensó Manu. Sentía un placer imprescindible, placer de hogar, volver! Atrás quedaron las duchas rápidas, hoy toca bañarse sin adornos y enjabonada de honestidad. La tenue luz y Manu… y hacer hogar!

sábado, 19 de noviembre de 2016

Y si el recuerdo lo diluye, escribo...

Manu sabía diferenciar muy bien el sonido de su propio músculo bombeando sangre que el de aquellos tambores que ni el tiempo había sido capaz de diluir como ahora ocurría con la voz de su abuelo. A veces se esforzaba en recordar el eco de su peculiar forma de silbar cuando subía las escaleras hacia casa o el del manojo de llaves hasta abrir la puerta, su tos… cualquier murmullo sería suficiente para reactivar la memoria. Sin embargo, cobraban protagonismo los gestos, las manías, las rutinas pero una voz en off la sacaba de sus divagaciones “lo que daría hoy por un murmullo de buenas noches, de ésos que reconfortan el alma”.



En este tipo de reflexiones solía envolverse Manu al caer la tarde, justo en esa hora que ella definía de obligado recogimiento, pero aquella tarde Manu se sentía rara, inquieta y la intensidad del sonido de los tambores no la hacían dudar, era muy consciente que su umbral de audición no la traicionaba. Necesitaba hacer algo, quizá escribir y poner palabras a aquel tsunami de sensaciones porque para Manu la memoria era más potente que el recuerdo y tenía que dejar testimonio de aquellos susurros, lo único que no pudo nunca congelar con la retina. Hizo recuento: cómo transcribir el nervio de su abuela cuando desde la ventana de un primer piso en el barrio la reclutaba junto a sus hermanas para la merienda, sólo la primera sílaba “niiiii…ñas” y ya sabían que tenían que volar a su encuentro, lo visualizaba claramente pero no el timbre de su voz, ése no, o aquellas tardes adormilada y recostada sobre el pecho de su madre que estaba de conversación en la baranda, del otro lado la selva, algún chillido de un animal, aullidos fáciles de reconocer, podría teclear en Google “grito gorila” y aparecerían más de veinte enlaces con otra veintena de audios pero la resonancia de la voz de mamá, no, ésa no.

 “Un día tonto lo tiene cualquiera, seguro que me va a venir la regla porque, qué explicación puede tener acaso esta bienvenida de nostalgias, miedos y antiguas creencias gratuitas, qué significado enfadarme porque no se repuso el papel de baño o no tener con quien discutir de banalidades, con lo bien que sientan las reconciliaciones, va a ser que echo de menos un abrazo, así, gratuito porque sí, va a ser que voy a tener que darlo yo porque sí, sin explicaciones, sin juicios, sin rodeos… sólo porque me doy permiso para sentirme ñoña, contrariada y perezosa, odio ser perezosa pero hoy no estoy ni para mí misma y en el fondo es lo que más me fastidia. Hoy me quedo aquí escondida como de pequeña detrás del árbol, camuflada, abrazada a su tronco, también ese abrazo suma, hoy me siento caprichosa, hoy me encantaría ponerle forma a tu voz pero se diluye como la del abuelo y me resisto a que sea perecedera, me revuelve, me frustra percibir la soledad como la vivo, me descoloca en muchos ámbitos de mi vida, toca resituarse y caray cómo cuesta, cuesta no hacer algo a medias, cuánto trabajo soltar las muletas pero bueno, que seguro que me pongo mala porque ¡no me soporto de verdad! Hoy necesito que me canten mi canción.”

Manu abría cajones, rebuscaba entre sus ordenadas montañitas de papel, sabía que había impreso aquel texto. El tam tam continúa en su interior y su volumen la ayuda a dejar la mente en blanco y concentrarse en aquel maravilloso escrito de una poetisa africana, Tolba Phanem, que cuenta cómo la mujer africana embarazada se adentra en la selva junto a otras mujeres, rezan y meditan juntas hasta que aparece la canción del niño. Esa canción acompaña al niño desde el mismo día que nace, durante su crecimiento, cuando se casa e incluso cuando su alma abandona este mundo pero lo que a Manu realmente la cautivó y justo era ese trocito el que precisaba leer, era el de ese otro momento en el que los pobladores cantan la canción.

“¡Lo encontré, sí, aquí está, lo sabía!”. Manu volvió a emocionarse, una lágrima acarició su mejilla mientras leía “Si en algún momento durante su vida, la persona comete un crimen o un acto social aberrante, se lo llevan al centro del poblado y la gente de la comunidad forma un círculo a su alrededor. Entonces, ¡le cantan su canción! La tribu reconoce  que la corrección para las conductas antisociales no es el castigo; es el AMOR y el recuerdo de su verdadera identidad”.

Cogió aire, fuerza para asomarse al mundo tras su escondrijo, sintió una delicadeza por dentro imposible de describir aún sin saber si ella tendría su propia canción pero sí la encontraba para su abuelo, para su amiga, para su pequeña, para tantos seres queridos, incluso para él. Ello no avivaba el recuerdo de una voz, pero sí a confortar la memoria. Paz. 

Comprobó la hora, el sol recién oculto dejaba una tonalidad espectacular en el horizonte, perdió la cuenta de los colores: rojos, naranjas, morados, marengos y algún celeste sin determinar. 

sábado, 12 de noviembre de 2016

Esencia...

Aquella mañana Manu despertó muy prontito, ni las campanas de la iglesia, ni siquiera el coro de pajarillos. Se quedó un ratito más bajo las sábanas agudizando todos sus sentidos pero nada, silencio. Tenía una cita con el amanecer y la convicción que debía regalarse algunos cambios, su proyecto de vida necesitaba respirar!



Había cosas que no iban a cambiar porque ella tenía esa habilidad de hacer hogar en la casita del árbol o en un almacén abandonado, cuando viajó de camping o tuvo que vivir unos días de paso. Hoy siente el alma amueblada y elige ser nómada y la casa su refugio, aquel del que muchas veces necesitó huir pero ahora volvía a recuperar esa naturaleza tan necesaria, donde hasta el desorden hablaba por ella misma: los libros amontonados o la ropa pendiente de la plancha, el desgastado color de las paredes donde regaba el Sol, incluso los olores tenían un motivo o los sonidos de la lluvia y el viento cuando competían descaradamente con su música, por no enumerar aquel universo de piezas  entre espejos, muebles, tacitas o cucharillas, cuadros, una máscara o los maderos que le trajeron las olas, los “picasos” de su pequeña en la nevera… todo cuanto la acompañaba tenía un origen y una historia, la suya, su esencia.

Por fin se incorporó y en ese gesto comenzó el estreno de sus cambios, encontrarse cara a cara con ella misma era algo que Manu había estado retrasando, incapaz de concretar durante cuánto tiempo pero mientras se vestía sus gorditos calcetines de lana recordaba la frustración en aquellas interminables estaciones, una primavera y luego otro otoño y así después del invierno, un verano más. Días grises sin matices, desconfianza, terapias, medicación, inseguridad, los consejos, mirarse y no verse… qué bien condimentado va el miedo, devora,  y para alguien tan rematadamente soñadora como era Manu, resultó letal. Abordaba el pasillo con una sonrisa en la oscuridad como quien emprende el  camino sin pretender llegar a un destino, tomando caminos sin determinar porque una ya no se rompe igual cuando se desploma y resultaba gracioso imaginar su actitud al levantarse tras una caída, con la barbilla bien alta y sacudiéndose la ropa sin importancia y avanzar.

Era muy habitual en Manu las interrupciones del pensamiento con interferencias efímeras pero que iba agendando su rutina y síntoma de su equilibrio mental  “ahora que me veo sacudiéndome la ropa, que no se me olvide comprar suavizante para la lavadora” como también su maniática necesidad de poner imagen a todas sus sensaciones, algo que había facilitado su conciliación con la meditación, solía ruborizarse por su facilidad para caer dormida con aquel arrullo de voz en off  y sonido zen.  Algunas eran muy obvias como el horizonte, el mar, un fuego… en estos razonamientos andaba inmersa mientras cacharreaba para su temprano desayuno y revisaba de memoria el decálogo de propósitos para su no fin de año. Más imágenes, un gato, una escoba, un cristal roto, una cicatriz… todo simbolizaba algo para Manu, conceptos que desviaban la atención, pensando de reojo en el camino que vetó pero había elegido empezar de nuevo, firme incluso con las críticas. Dejó de hacer ruido y se acurrucó en el sofá con su chocolate caliente entre las manos y la mirada algo perdida. No se oía nada, la gustaba ese silencio que se colaba entre el primer sorbo y su pestañeo. El pestañeo le representó unas alas y volvió a sentir vértigo en las palabras “Cicatriz, cristal roto, escoba, gato, gato, gato… el miedo. Desde pequeña me han horrorizado y ahora mi hija quiere un gato, no sé cómo voy a disuadirla, ella no los teme, no se cuestiona si arañan, si van a lo suyo, la toxoplasmosis, esa fierecilla precavida, huidiza y felina. Sus aullidos en celo que parecen el llanto de un bebé. De chiquitina no me gustaba ni tirarles el ovillo de lana para jugar, siempre estuvieron en mi peor pesadilla y jamás olvidaré desperezarme de aquella siesta con Tiriti, el gato de mi abuela, pegadito en mi espalda, ronroneado y yo inmovilizada imaginando su salto sobre mí. Qué miedo pasé y ahora… ¡ella quiere un gaaaaaato!”.

Pero Manu se ha desvelado inquieta por el cambio sin alarmas. Sola. Sin luz. Con ganas. Sin valentías. Sin distracciones. Con acción. No va a salir corriendo, el miedo no va a asfixiarla. Ha llegado el presente de encontrarse entre retinas y dejar a todo lo que asusta de lado, salir de la sombra, deshabitarse para reconocer su refugio, su sitio, SU ESENCIA, su hogar, ella.

“O todo o nada. Ese gato y yo vamos a cuidarnos, lo presiento”.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Una ventana al cielo...

Desde muy pequeñita Manu fue una romántica empedernida aunque a sus amigas las contara que ella de mayor quería ser paracaidista, algún sentido tendría estar un poquito más cerca de las nubes además de hacerse la valiente, alejarse de todas aquellas realidades que la hacían perder la percepción de los límites del respeto. Lejos de la tutela de sus padres, Manu había sido educada desde la obediencia, obediencia y respeto fueron dos palabras que caminaron confusas a su lado mientras crecía. Ello provocó en Manu cierta rebeldía, un ejercicio de supervivencia para saborear lo dulce y lo amargo.



Solía cantarle a la luna apoyando la sien en la ventanilla cuando viajaba en el asiento trasero del coche que conducía su papá, como a ella le gustaba definir "el mejor piloto del mundo". Cuando "manazas" la atrapaba, así solía llamar su abuelo al sueño, se tumbaba con las rodillas encogidas vislumbrando el salpicadero lleno de lucecitas y si guiñaba un ojo, realmente parecía algo mágico. No precisaba ver el gesto de su madre mirando hacia atrás, ella lo identificaba tan pronto el volumen de la radio descendía y así se quedaba profundamente dormida entre los murmullos de papá y mamá hablando de conversación. No existía nana que superara aquel arrullo... las voces de papá y mamá. Allí atrás estaba a salvo. Si levantaba la vista al cielo de día... quedaba cegada por la luz, de noche... sus pupilas se agrandaban curiosas a la oscuridad. Curioso ejercicio de supervivencia para saborear la luz y la sombra. La vida.

Y en estos pensamientos ronroneaba Manu su almohada aquel atardecer mientras observaba a su pequeña en un ademán terriblemente familiar que la regresó a su niñez. De puntillas asomada al mundo!

Cuando eres pequeño, la altura parece que te da un poder inmenso y me reconozco viéndote ahora espiar de afuera hacia dentro. Recordé cuando estiraba el cuello y me ponía de para tratar de conquistar todos los olores del mundo con mi nariz y también cuando conseguía llenar de vaho los cristales para transcribir las palabras que salían de mis dedos. A veces, dibujaba una cámara y observaba el cielo a través de mi ventana, me fascinaba ver cómo cambiaba de color y de olor, llegué a tener una variopinta colección de tarritos de vidrio, cada uno con su propia identidad: luna, hierva, sol, nube, viento, lluvia, grillos, estrellas, ranitas, mamá, árbol, limpio... tantos como fragancias que iba descubriendo en la luz de mi abstracta lente.


Fui ganando centímetros a mi estatura hasta que un día sin apenas darme cuenta conseguí abrir la venta por mi misma... adoraba apoyar mi barbilla sobre los brazos en cruz en el marco, descubrí otro cielo, más real, el tendal de la ropa con olor a jabón de Marsella justo debajo, un depósito de agua no muy lejos, el bosque, los surcos de un reducido huerto. Siento nostalgia por mis frasquitos de esencias y de cómo las encerrara en el cristal. Poco a poco las fui liberando y ahora, cierro los ojos para absorber el olor de cada momento, en definitiva... otra forma de mirar. Sentir.